El velo prohibido

Bajo diferentes excusas en la prohibición o persecución del uso del velo islámico se esconde el racismo y el antislamismo eurocéntrico y yankee

Opinión – 16/11/2009 7:32 – Autor: José Luis Forneo – Fuente: cuestionatelotodo
Bajo diversas excusas se da una coincidencia fundamental que significa todo lo contrario a lo que se pretende, es decir, la discriminación de la libertad individual de determinadas personas.

Bajo diversas excusas se da una coincidencia fundamental que significa todo lo contrario a lo que se pretende, es decir, la discriminación de la libertad individual de determinadas personas.

No sé cómo definirlo exactamente, si como eurocentrismo, o como fanatismo cristiano de las falsas sociedades laicas, o como islamofobia, o simplemente como racismo, pero, sea como sea, una ola de discriminación contra las mujeres que llevan velo por motivos religiosos (y según qué religión) recorre Europa (que es expresión de un resurgimiento del fascismo en todo el viejo continente). Bajo diversas excusas se da una coincidencia fundamental que significa todo lo contrario a lo que se pretende, es decir, la discriminación de la libertad individual de determinadas personas por motivos de raza o religión.

Algunos aducen la justificación de que en un estado laico no se pueden exponer símbolos religiosos, en una concepción limitada e interesada del laicismo. Una cosa es que una cruz o un símbolo religioso cualquiera presida un parlamento, una clase en una escuela pública, o una oficina en un ministerio, como si todos los ciudadanos compartieran esa religión, y otra que cada cual lleve colgando una cruz, un pendiente en forma de buda, una sotana o un velo (como una decisión privada y personal).

Los argumentos de otros se basan en la dignidad de la mujer, confundiendo que una cosa es un burka, que claramente afecta a la dignidad personal de la persona que lo porta, y otra un velo que alguien se pone por el motivo que elija, tanto esteticos como religiosos. Tambien afecta a la dignidad de la mujer, y mucho más, que se le prohíba decidir sobre su propio cuerpo (que es suyo, y no del vecino, ni siquiera del marido), o que gane bastante menos que otro que realiza su mismo trabajo sólo porque ella no tiene pene, o que se limite su acceso a los puestos de responsabilidad por la misma causa, y no se prohíba que esto ocurra.

Los terceros son los que abiertamente defienden un supuesto carácter cristiano de Europa frente a la invasión islámica, y por ello todo símbolo o rasgo cultural que provenga de allende el Mediterráneo es asumido como una agresión contra la raza o la historia nacional-continental. Precisamente hoy he leído una noticia en la que un barrio de Sevilla protestaba porque allí se construía todo lo que los demás no querían, una incineradora, un centro de drogadictos y, vaya por dios -nunca mejor dicho- una mezquita. En la foto salía alguien con un cartel donde escribía “Mezquita No” (algo parecido, o más grave, es lo que sucede en Suiza, donde se va a votar en un referendum si se permiten más mezquitas o no).

Aunque de estos tres grupos posibles, aunque seguro que alguno se me olvida, unos son más vomitivos que otros, es decir, abiertamente fascistas, pero en el fondo todos comparten la misma enfermedad intrínseca: el miedo al otro, el temor a perder la seguridad que ofrece la uniformidad, la amenaza que supone que otros no crean o vistan o piensen como nosotros, y que por lo tanto, cuestionen nuestro propio fanatismo.

Como demuestra Michel Foucault en su obra “Historia del Racismo”, la excusa de las religiones o del color de la piel es, siempre, después de eliminar todas las capas de argumentos y justificaciones, una expresión del poder, de la jerarquía, de la conciencia o esperanza de superioridad unos sobre otros. Y, sobre todo, un reto a nuestra ausencia de autocrítica, puesto que los privilegios que intentamos racionalizar para entenderlos como “merecidos”, por nuestro lugar de nacimiento, por nuestra verdad propia, por nuestros actos, como no, justos, se ponen en entredicho cuando otro piensa diferente, viste diferente, o cree en algo diferente.

Nadie echa de un juicio a un cura por llevar sotana (como hizo estos días el juez Bermúdez porque una abogada llevaba velo en la vista), o nadie cuestiona que una monja entra con su uniforme en la universidad o el colegio, e incluso a algunos les parece evidente que en el ayuntamiento de su ciudad las salas estén llenas de cruces, o que las festividades religiosas católicas se paralicen ciudades y pueblos en Semana Santa. Eso sí, si la que lleva el velo es mujer, musulmana, de piel oscura y, ya que comparte las anteriores características, seguro que es parte o apoyo de alguna célula de Al-Qaeda, hay que prohibir que ande por ahí de esa guisa si es que todavía no la han enviado a Guantánamo

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