Infancia palestina, infancia castrada

Toda persona ha de sentirse especialmente responsable de la violación y vulneración de los derechos de la infancia
03/01/2009 10:33 – Autor: M. Laure Rodríguez Quiroga
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M. Laure Rodríguez Quiroga (centro), presidenta de Bidaya y UMME —Unión de Mujeres Musulmanas de España. Foto: Pedro J. Revuelta Andrés.

Parece curiosa la reacción de la ciudadanía, cuando viendo el genocidio indiscriminado que sufre el pueblo palestino, otorga a cualquier persona árabe y/o musulmana su sentido pésame por las muertes vividas en estos últimos días.

Esta reacción normalizada de creer que la causa palestina es una propiedad árabe, y que por lo tanto no afecta al resto del globo, es cuando menos un solemne error. Bajo este peligroso pensamiento, se excluye un reconocimiento de las implicaciones que una guerra atañe para toda la humanidad, como si la violación de los derechos humanos no fuesen responsabilidad de todos, o como si solo fueran propiedad de algunos humanos.

Debido a su naturaleza política, jurídica, psicológica, social, valórica y ética, los derechos humanos deben ser respetados siempre, porque todo aquello que atente contra el ser humano lo rebaja, lo deshumaniza, lo relega a estados primarios, y por lo tanto se impone como un quebrantamiento al derecho a ser, al derecho a existir.

La situación de violencia política y militar, causada por el terrorismo sionista, está afectando notablemente a toda la población palestina en diferentes niveles: económico, social, político y emocional. Esta política genocida está cambiando la vida de gran parte de esta población, en especial de la infancia, víctimas de un conflicto del que no pueden huir.

Curiosamente, la guerra, es el juego más elegido por los niños y las armas los juguetes más solicitados. Pero en Palestina, la guerra no es un juego, sino una realidad terrorífica que extermina a población civil inocente, que prostituye los derechos fundamentales del ser humano y de la infancia, que se extiende como un cancer insaciable, deseoso de arrasar con todo aquello que se interpone en su camino.

Toda guerra, todo conflicto implica más pérdidas que ganancias. En el fragor de la batalla se disipan los objetivos, hasta la objetividad, porque con el tiempo pierden importancia. Parece que el ruido de la metralla nubla la responsabilidad y el derecho a la vida, el respeto a la diferencia, la dignidad humana por excelencia…

Cohabitar con la guerra significa vivir el presente sin futuro seguro, porque el sobrevivir es la cuestión primera. En las últimas décadas, la comunidad internacional ha sido testigo ciego y mudo de las violaciones sistemáticas que el gobierno israelí a través de sus tropas, ejercen sobre la población de unos territorios ocupados impunemente.

Todo conflicto bélico, además de provocar miles de muerte, traen consigo
otras consecuencias repudiables, denunciables y en definitiva, condenables. Miles de personas son obligadas a desplazarse, obligadas a vivir en unas condiciones de vida insalubres, interrumpiendo los servicios básicos. Niños y niñas, mujeres y hombres, ancianos y ancianas se ven afectados por unas secuelas físicas y psicológicas derivadas de una situación de violencia, provocadas por el propio ser humano y, por consiguiente, pueden y deben ser evitables.

La intencionalidad humana puede propiciar la vigencia de unos efectos negativos, produciendo unas secuelas cada vez más negativas y perdurables en las víctimas. Las secuelas psicológicas se verán posiblemente incrementadas con los intentos irracionales de justificar el suceso, en los intentos de hacer lógico algo que de por si es ilógico.

Un reciente informe de UNICEF, sostiene que en la última década dos millones de niños han muerto en combate, cinco millones han quedado impedidos, doce millones perdieron su hogar y diez millones más sufren traumas psicológicos.

Miles de niños y niñas en Palestina, a pesar de no haber participado en combates, viven situaciones traumáticas, ya que son obligados a vivenciar experiencias para las cuales no han sido preparados ni física ni psicológicamente. La infancia, es especialmente vulnerable a padecer secuelas ya que carecen de recursos psicológicos y sociales suficientes para afrontar, por sí solos con eficacia, los acontecimientos estresantes a los que se ven sometidos.

Miles de niños y niñas de todas las edades en Palestina presencian a diario acontecimientos violentos o con amenaza de muerte, por lo que son sumamente susceptibles a padecer conjuntos de reacciones psicológicas, en especial lo que viene a denominarse como trastorno por estrés postraumático, reviviendo escenas relacionadas con un grado extremo de miedo o ansiedad que deja al niño en un estado constante de tensión.

Miles de niños y niñas en Palestina, experimentan graves trastornos de sueño, a menudo apartándose de las actividades infantiles normales, o diversos síntomas físicos como molestias abdominales o dolores de cabeza, pérdida de las habilidades adquiridas como el aseo o el lenguaje.

Miles de niños y niñas en Palestina, han presenciado bombardeos, disparos y observado como la muerte ha acariciado sus inocentes mejillas o contaminado sus vírgenes miradas con muertes ajenas y próximas.

Miles de niños y niñas en Palestina sufren la falta de alimentos, de agua, de electricidad y en definitiva cualquier servicio que les permita cubrir sus necesidades básicas.

Miles de niños y niñas en Palestina están siendo obligados a crecer en un entorno que presenta graves amenazas para su desarrollo físico y psicológico, provocando reacciones de rabia e indignación, y que paulatinamente se irán transformando en odio e indefensión.

La vivencia de un conflicto extirpa a la infancia su derecho a crecer dignamente, ya que su compañero de juego se disfraza de muerte y terror. Las experiencias de desarrollarse en un ambiente cargado de violencia, enfrentamientos, bombardeos, destrucción, acoso, carencias y escasez de servicios básicos, privan a la infancia palestina de convertirse una futura sociedad sana y equilibrada.

El porvenir de la infancia palestina, preñado de la amenaza militar sionista les obliga a construir su identidad en un contexto de violencia generalizada, donde lo militar se impone como la intimidación permanente y portador de la muerte.

Los niños y niñas palestinas, han de socializarse en un espacio deshumanizante en sus relaciones sociales, construyendo su identidad bajo el paradigma de la estigmatización como potencial “enemigo” de lo judío y por lo tanto, objetivo directo de las represiones militares.

Todo esto, priva a la infancia palestina de socializarse en los valores deseables para construir una sociedad saludable, ya que les es difícil lanzar una mirada de confianza al futuro, ante las continuas amenazas externas. Todas las vivencias amenazantes, de violencia y crueldad potencian que estos niños y niñas desarrollen sentimientos de odio y agresión, ya que toman como referencia el modelo destructivo en el que crecen.

Vivir en medio de la violencia, inseguridad, discriminación, tortura, miedo, desarraigo y escasez hipoteca el futuro de la infancia palestina, que se constituye como la sociedad venidera.

Toda persona, independientemente de su edad, cultura, religión, nacionalidad, sexo e ideología ha de sentirse especialmente responsable de la violación y vulneración de los derechos de la infancia. Una infancia palestina, castrada en sus emociones.

Porque no hay consecuencia más trágica en una guerra, que una infancia privada de ser vivida como tal: con amor, cariño, juegos e ilusiones.

Porque la infancia son el futuro de nuestras sociedades. Porque ellos y ellas son nuestra mejor herencia…

M. Laure Rodríguez Quiroga es presidenta de UMME –Unión de Mujeres Musulmanas de España y de BIDAYA (mujeres musulmanas en Euskadi)

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