El grito del hiyab

Víctor López Bueno, director de IVESUR Melilla

23/12/2008
 
Pasó hace años. Estaba en el mostrador de Comisaría para renovar el DNI, tras una joven y guapa musulmana y una monja no tan joven ni tan guapa, cuando oigo al funcionario, un tipo gentil, decirle a la chica que lo siente pero las fotos que trae no valen porque en ellas aparece con el hiyab, el que lleva, y ha de hacérsela con la cabeza descubierta, cosas de la Ley. La chica, enfurruñada, se va y es el turno de la monja; que aunque presenta sus fotos cubierta con toca, la que lleva, el gentil funcionario acepta. Y como soy tal cual soy, no puedo por más y me meto: “Perdón, ¿no acaba de decirle a esa chica que las fotos para el DNI han de ser con la cabeza descubierta?”. Ni caso, el funcionario gentil a lo suyo y yo a lo mío, que es callar y poner la huella del dedo gordo. Quienes no callan son las mujeres musulmanas que, a pesar de los rechazos, siguen llevando el hiyab. Lo hacen con coraje y altanería, como muestra visible de que ni ellas ni el Islam están derrotados, por más Bushes e hijos bastardos de Bushes intenten anularles, destruirles; por más que Occidente, el arrogante Occidente, exija ser imitado a cambio de paz y pan. Como si imitar las formas de Occidente, políticas, sociales o religiosas, fuera el no va más; cuando en el fondo el hoy por hoy nos demuestra que no es sino un modo caduco de civilización que hace aguas, aguas negras que, sin decoro, vierten por el Planeta. Occidente, sin otros valores que la codicia, que, ahí está, lleva al mundo a la ruina, ruina económica, ambiental y moral, no tiene derecho alguno a exigir a otros pueblos que comulguen con su destino. ¿Qué destino es éste y a razón de qué tenemos que imitarlo?
El hiyab, se lleve o no, es un compromiso, un grito que se lanza no en el desierto sino en las ciudades para que resuene y sea bien oído; una forma valiente y a la vez pacífica de decir no. No, por años nos habéis estado engañando; por años habéis engañado a nuestros hijos y hermanos mostrándole paraísos de oropel en los que, de llegar a ellos, la mayoría terminaba de poceros, limpiando vuestra mierda. Con vuestro oro, oro que nos arrebatáis, y vuestras armas habéis destruido nuestros pueblos, matado a nuestros hombres, arrasadas nuestras tierras y casas, desplazados a miles, millones de los nuestros, pero no habéis podido con nuestro orgullo, nuestra dignidad, nuestras creencias. Podemos, si queréis, si queremos, ser hermanos, vivir pacíficamente repartiéndonos lo noble y bueno de cada cual, pero no pidáis a cambio que reneguemos de nuestras formas y valores para asumir los vuestros. Eso nunca. Yo, mujer musulmana, me pondré el hiyab. Lo había olvidado en casa pero vuestra perfidia me invita a sacarlo y lucirlo, gracias por ello.

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