Mujeres en el Islam: ¿Doncellas en apuros?

por Soumaya Ghannoushi

Parece que las mujeres musulmanas -especialmente las que vivimos en las ciudades occidentales- estamos destinadas a ser acosadas por dos debilitadores discursos que, aunque diferentes en apariencia, son uno en esencia:
  1. El primero de estos discursos es conservador y exclusionista, y condena a las mujeres musulmanas a una vida de embarazos y de crianza de niños, que se desarrolla en los estrechos confines de los hogares y a merced de padres, hermanos y maridos. Este discurso, que gira en torno a las nociones de pureza sexual y honor familiar, recurre a la religión para justificarse y legitimarse.
  2. El otro es un discurso de “liberación” que promete romper las ataduras de la mujer musulmana y liberarla del opresivo yugo de una sociedad agresiva, patriarcal y atrasada. La mujer musulmana es, según este discurso, una masa de desposesión y esclavitud, la encarnación de la seclusión, el silencio y la invisibilidad. La única esperanza de liberación de la caverna de velamiento y aislamiento en la que se halla, radica en la intervención benevolente de esta fuerza de emancipación. Ésta salvará a la mujer musulmana de su existencia infernal, miserable y sombría, y la llevará al cielo prometido de la ilustración y el progreso.

Se trata de un juego de opuestos que contrapone un estereotipo a otro: la víctima femenina musulmana miserablemente encerrada, y su cruel sociedad carcelera, frente a un “Occidente” idealizado que es el culmen de la ilustración, de la razón y de la libertad.

Las que escapan del rebaño son aupadas a la vista de todos como testimonios vivientes de lo arduo de la transición desde las penumbras de la tribu, la tradición y la religión, hacia el amanecer de la razón, el individualismo y la liberación. No se trata de negar las múltiples injusticias que paralizan las vidas de muchas mujeres musulmanas e impiden el desarrollo de todas sus capacidades. Pero estas injusticias aparecen en estos discursos de liberación condescendiente como las características esenciales de millones de mujeres musulmanas de todo el mundo, y como exclusivas de ellas. No hay colores, tonos o sombras. No hay mujeres musulmanas vivas y reales: urbanas o rurales, con estudios o sin ellos, acaudaladas o pobres, turcas, malayas o egipcias -diferencias tan cruciales a la hora de definir las oportunidades de vida de las mujeres y de determinar sus situaciones. Todo lo que sabemos sobre esta criatura fantasmal es su identidad musulmana, como si estuviera enteramente formada y afectada por la religión, sin influencia de su ámbito social, de sus circunstancias económicas, de la realidad política, o de las tradiciones culturales regionales y locales.

Este discurso gira alrededor de una “Mujer musulmana” ahistórica y universal; es un modelo opresivo que aplasta a las mujeres musulmanas de carne y hueso, que les niega su subjetividad y su singularidad, y que dice poder resumir sus vidas con todas sus vicisitudes y detalles desde la cuna hasta la tumba. Este discurso se reserva en exclusividad para sí mismo el derecho a hablar por ellas, les guste o no. Las imágenes que se fabrican de la mujer musulmana sirven a una doble función legitimadora, pues confirman y justifican los discursos de Occidente sobre sí mismo, y sobre el Otro musulmán. La mujer musulmana victimizada es el lente a través del que se mira al Islam y a la sociedad musulmana.

En la época medieval la mujer musulmana era representada como una poderosa e impresionante reina (como Bramimonda en la Canción de Roland, o Belacana en Perceval), reflejando así una poderosa e impresionante civilización musulmana. Y cuando el equilibrio de poder comenzó a cambiar a favor de Europa en los siglos XVII y XVIII, se la hizo reflejar la fortuna en descenso de su sociedad. Se la convirtió en una esclava de harén, llevando apenas una existencia de animal mudo, subyugada, inerte, abyecta, desposeída e invisible. Ella es entonces la encarnación de la quintaesencia de un Islam despótico, deforme y atrasado. Entonces es Europa, después Occidente, quien debe penetrar su jaula de hierro y romper sus grilletes. Debe salvar a la víctima y civilizar a sus opresores. Cuanto más victimizada sea “la Mujer musulmana”, más grande será la necesidad del liberado Occidente de liberarla.

La noble intervención es por ella y en su interés, no por Occidente o sus intereses. Desde luego no ha sido coincidencia que un elevado número de oficiales y funcionarios coloniales recogieran en extenso ejemplos de barbarie entre los colonizados, prácticas como el sati en la India, la prohibición de la viuda de casarse, o el matrimonio entre niños, o la mutilación genital en África. Aunque estas cosas no eran invenciones, su registro detallado tuvo y tiene todavía un objetivo: sumistra el fundamento moral para la intervención.

Como apunta un verso de Torcuato Tasso:

 “Y cuando su ciudad y su país se perdieron, fue más amada y respetada.”

Pero “amor” y “respeto” no ha sido precisamente la experiencia de las mujeres iraquíes cuando sus ciudades cayeron bajo la ocupación estadounidense. Derechos que tardaron décadas en consolidarse se han desplomado en el espacio de meses. De ser doctoras, científicas, ingenieras o mujeres de negocios, hoy han pasado a verse encarceladas en sus casas incapaces de moverse alrededor por miedo a ser secuestradas, violadas o asesinadas. Las que escapan a las bombas y balas del ejército de ocupación, mueren a manos de las fuerzas de seguridad iraquíes y de las milicias sectarias que han surgido desde 2003. En los últimos tres meses cuarenta y cinco mujeres inocentes han sido asesinadas a sangre fría en Basora. La verdad es que igual que hay una máquina militar de hegemonía, hay una máquina discursiva de hegemonía. Cuando los ejércitos se mueven sobre el terreno para conquistar y subyugar necesitan una cobertura moral e ideológica. Esto es lo que les da su razón de ser a los discursos dominantes sobre “la Mujer musulmana”.

 
No hay que asombrarse pues de que estos guerreros de la liberación de “la Mujer musulmana”, los Nick Cohen, Christopher Hitchens o Pascal Bruckner, sean los mismos que celebraron y homenajearon a las tropas estadounidenses/británicas cuando arrasaron todo en su camino a Kabul y Bagdad, y que sin duda celebrarán y bailarán una vez más si Irán o Siria fueran las siguientes bombardeadas. Son apologistas de la hegemonía. Sin ellos, el rey no llevaría camisa.

 


Soumaya Ghannoushi es investigadora de la Universidad de Londres.
Fuente: Alternet, 18 de diciembre de 2007
Traducción Observatorio de la Islamofobia

 

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